Comodorense rompió Tinder: Engañó al algoritmo para tener matches infinitos pero no encontró el amor.
- Leo RaW
- 26 dic 2025
- 4 Min. de lectura
Frente al horizonte de la Costanera, donde el viento de Comodoro suele empujar a la gente al encierro, la pantalla de un celular brilla con la promesa de una conexión infinita. Para Martín, esa luz solía ser el recordatorio constante de un fracaso estadístico. "Antes del truco tenía 4 likes y, con suerte, uno o dos matches", confiesa en exclusiva a este medio.

En una ciudad industrial donde pareciera que "nos conocemos todos", ser invisible en Tinder en Comodoro no es solo un problema romántico; es una condena al aislamiento. Pero Martín no se resignó. Con la mentalidad pragmática de quien busca solucionar un problema técnico, decidió aplicar la lógica informática a la anarquía del amor. Cansado de ser ignorado por el sistema, hackeó su propia masculinidad digital para romper el código de la app de citas más famosa del mundo.
Su hipótesis era arriesgada, casi un experimento sociológico: para gustarle a las mujeres, primero tenía que convencer al algoritmo de que era irresistible para los hombres.
El "Caballo de Troya" del algoritmo
La estrategia de Martín se basó en explotar una vieja mecánica de Tinder conocida como "puntuación ELO", un sistema de ranking oculto similar al que se usa en el ajedrez competitivo. Aunque la empresa asegura que ya no lo utiliza, la experiencia empírica de los usuarios sugiere lo contrario. "El sistema alinea perfiles similares en popularidad", explica Martín con la seguridad de quien ha estudiado el código. La ecuación es cruel: si nadie te da like, la app te esconde en el sótano de los perfiles indeseados. En cambio si muchos te buscan, te sube al VIP con la gente linda y popular. Igualito que en la vida real.
El plan fue de una ingeniería social cínica y brillante: configuró su perfil para que apareciera en las búsquedas de hombres y mujeres. No para encontrar pareja masculina, sino para utilizar el comportamiento compulsivo del género a su favor. Y como los hombres, a diferencia de las mujeres, no son selectivos... El resultado fue un éxito.
"Me likeaban todos los hombres al toque, eso me daba popularidad en el perfil", detalla sobre la mecánica del engaño. Fue una inyección de esteroides para su algoritmo personal. En cuestión de horas, el sistema interpretó que ese muchacho de Comodoro con cuatro likes orgánicos en su perfil de Tinder era el soltero más codiciado de la zona. Y como recompensa automática, empezó a mostrar su foto primero en las pantallas de las chicas de Comodoro, su verdadero objetivo.
Ante la consulta sobre la ética de su método, Martín es tajante: "No es que les estaba prometiendo nada ni endulzando el oído. Me dieron like como yo le he dado like a mujeres y nunca matcheamos". En la guerra y en el amor todo se vale.

De 4 a 60: La inflación del ego
El cambio fue brutal e inmediato. De la invisibilidad absoluta pasó a acumular "50 o 60 likes". El desierto se convirtió en un oasis de notificaciones: logró iniciar conversaciones con unas 20 chicas, una cifra impensada días atrás.
Otra cosa interesante es que descubrió que el "hack" requiere mantenimiento, como un auto viejo. "El perfil sigue siendo popular y sigue funcionando, ya que en algún momento te quedás sin gente para que te siga likeando", explica. Es un ciclo de trabajo: abrir la compuerta a los hombres para "cargar nafta" de popularidad y luego volver a filtrar para buscar pareja.
Martín con su inteligencia había logrado lo que miles intentan pagando suscripciones Gold: ser visto. Pero entonces, se chocó con una pared que ningún código informático puede derribar: la inmensidad de la geografía patagónica.
Amor a 500 kilómetros de estepa
Para maximizar la pesca y alimentar al algoritmo con volumen, Martín había configurado el radio de búsqueda al máximo posible: 500 kilómetros. El software, obediente y ciego a la logística de las rutas argentinas, cumplió su función. Empezó a matchear con personas reales, divertidas e interesantes... que vivían a varias horas de estepa, ripio y viento de distancia.
"Pegar onda y que muera ahí, o que likeen pero saquen el match porque no vivimos en la misma ciudad", resume con resignación sobre el destino de esas conversaciones. Incluso intentando achicar el rango de distancia después de inflar su popularidad, la oferta local no alcanzaba para concretar el tan ansiado encuentro físico.
Al final... La victoria es técnica, no humana
La paradoja es perfecta y tragicómica. Este comodorense construyó la máquina ideal para generar oportunidades, pero no pudo hackear la realidad física ni la falta de química presencial. Hoy, Martín sigue soltero, pero con una certeza que incomoda a los desarrolladores de Silicon Valley: "Supuestamente Tinder ya no funciona más así, pero ¿por qué funciona el truco si no funciona así?", se pregunta.
¿Su consejo para los solteros del sur? "Que prueben el truco no más". Al final del día, la tecnología no garantiza el amor, pero al menos garantiza que, por un rato, el algoritmo te trate como a un rey. Y en la soledad de la Patagonia, quizás esa pequeña victoria digital sea suficiente por ahora.




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