Viento, arena y memoria: La huella de Saint-Exupéry en Comodoro Rivadavia
- Leo RaW
- 15 dic 2025
- 3 Min. de lectura
Mucho antes de imaginar asteroides, zorros y rosas, el escritor francés peleó contra el viento patagónico para fundar la Aeroposta Argentina. Fue él quien, desafiando todos los pronósticos y el clima hostil, inauguró la ruta aérea que sacó a nuestra ciudad del aislamiento.

Era la mañana del 1 de noviembre de 1929. En Comodoro Rivadavia, el viento soplaba con esa furia habitual que dobla la estepa y levanta polvo, pero ese viernes el cielo traía algo distinto. No eran nubes de tormenta, ni aves marinas. Era el rugido de un motor.
Un pequeño monoplano Latécoère 25 rompía el silencio del sur. En la cabina abierta, expuesto al frío y con las antiparras cubiertas de aceite, no venía un turista ni un simple aventurero. Venía el hombre que, años más tarde, le regalaría al mundo una de las obras más leídas de la historia: Antoine de Saint-Exupéry.
Pero aquel día, Antoine no era todavía el "padre" de El Principito. Era, ante todo, un piloto comercial con experiencia y un visionario con una misión titánica: ser el primero en conectar por aire a la capital del petróleo con el resto del país.

El pionero que rompió el aislamiento
Para entender la magnitud y la importancia de aquel aterrizaje, hay que recordar cómo era la vida en el sur hace casi un siglo. Comodoro Rivadavia era una isla en tierra firme: llegar a Buenos Aires implicaba días de travesía en barco o semanas de caminos imposibles. Saint-Exupéry llegó para cambiar esa historia.
Había arribado a la Argentina el 12 de octubre de ese mismo año con un cargo de peso: Director de Explotación de la Aeroposta Argentina, la filial de la mítica compañía francesa Aéropostale. Su objetivo no era escribir poesía, sino hacer rentable y segura una línea aérea en uno de los territorios más hostiles del planeta. Y para demostrar que era posible, decidió no mandar a nadie: decidió hacerlo él mismo.

El vuelo inaugural hacia el petróleo
Aquel vuelo histórico no fue un paseo turístico. Saint-Exupéry despegó de Bahía Blanca a las 6 de la mañana, luchando contra ráfagas que hacían vibrar la estructura de madera y tela del avión. Hizo escalas técnicas en San Antonio Oeste y Trelew, encarando finalmente el tramo más desafiante hacia el sur.
Al aterrizar en nuestra ciudad, Saint-Exupéry no solo traía correspondencia postal; traía la promesa de que la Patagonia ya no estaba sola. Con esa maniobra, inauguró oficialmente la extensión de la línea hacia el sur, convirtiendo a la Aeroposta en la línea aérea más austral del mundo y uniendo, por primera vez de forma regular, a Comodoro Rivadavia con la civilización central.
La Patagonia: El verdadero asteroide B-612
Para el piloto francés, volar sobre Chubut fue una revelación espiritual. Desde arriba, nuestra geografía árida, solitaria y ventosa se le grabó en la retina para siempre.
Los biógrafos y expertos literarios coinciden: no es casualidad que el paisaje de El Principito —con sus volcanes inactivos, su desierto inmenso y su soledad cósmica— se parezca tanto a la estepa que él patrullaba. Fue en estas escalas "ventosas y difíciles", durmiendo en hoteles precarios de la costa chubutense mientras los mecánicos reparaban los motores, donde el piloto empezó a gestar al escritor.
De hecho, su novela Vuelo Nocturno nace directamente de estas experiencias, relatando la tensión de aquellos "pastores del aire" que guiaban los aviones a través de la inmensa noche patagónica, enfrentando tormentas repentinas que podían tragárselos en un segundo.

El legado en la pista
Ese 1 de noviembre, Saint-Exupéry no solo bajó de un avión en Comodoro. Bajó a la tierra la posibilidad de un futuro conectado. Fue uno de los fundadores indiscutidos de la aviación comercial en nuestra tierra, organizando rutas y escalas que desafiaban la lógica.
Hoy, cada vez que un avión despega o aterriza en el Aeropuerto General Mosconi, hay un eco lejano de ese motor francés. Es el recuerdo de aquel piloto soñador que, antes de enseñarnos a ver con el corazón, nos enseñó que el cielo indomable de la Patagonia también podía conquistarse.

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